Amelia, la niña que bailaba como los ángeles
- 15 feb 2017
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Amelia era una artista, una chica divina y escultural, desde pequeña su madre la había enseñado a bailar como una diosa, era la mejor forma de mantenerse a salvo en el circo, era lo que le decía su madre: “Las chicas de circo deben estar orgullosas de serlo, y demostrárselo al mundo”.
No era el caso del padre de Amelia, un viejo adiestrador de leones que se había vuelto gordo, desganado e irresponsable; cuando dejo de ser suficientemente agraciado para aparecer junto al resto de la plantilla el maestro del circo lo tiro de una carroza en movimiento. Amelia recordaba perfectamente ese día porque ella estaba ahí. Su padre le había pedido encarecidamente que lo acompañara, y ella se había escabullido del regazo de su madre para hacerlo, aunque la madre se había negado rotundamente. Años después Amelia comprendió la pelea de esa noche…
-Hija vístete que debemos salir un momento-le dijo su padre a Amelia en mitad de la noche, despertándola de su sueño.
-Jorge la niña no va a ir a ningún lugar-dijo Sofía la madre de Amelia cuando se despertaba y abrazaba a su pequeña hija.
-No te metas en esto mujer.
-No creas que te permitiré incluirla en esta situación, es tu culpa.
-Te vas a quedar sola.
-Siempre la tendré a ella.
-Verás que no, ustedes dependen de mí.
-Quizás en la mañana ya no estemos aquí.
Jorge lanza al suelo a Sofía con una bofetada y la pobre perdió la consciencia al caer golpeándose con una roca que estaba en el suelo de la carpa. Amelia se encontraba acurrucada en el suelo al lado de donde ahora yacía su madre.
-¡LEVANTATE DE AHI NIÑA ANTES DE QUE TENGA QUE LEVANTARTE YO MISMO!
La niña sin pensarlo dos veces se puso en pie y se paró enfrente de su padre, que la tomo bruscamente por el brazo y la jaló hacía fuera de la tienda de campaña donde dormían.
El maestro de ceremonias los esperaba para subir a la carroza, pidió que nadie hablara hasta que el no diera la autorización, y no lo hizo hasta que no estuvieron bien adentrados en el bosque.
-Ya sabrás a qué se debe esta reunión Jorge.
-La verdad es que no Joaquín. ¿Vas a darme un ascenso?
-JA JA JA.
-Deberíamos ir al grano de una vez, mi hija necesita ir a dormir.
-Ella no debería estar aquí, y eso también lo sabes.
-Debes dejar el misterio.
-No voy a seguir soportando tus insolencias, te has vuelto viejo y descuidado.
-Tu tampoco estas en tus años de gloria.
-No aceptaré por más tiempo esta situación.
-¿Qué propones?
-Debes irte inmediatamente del circo.
-¿Estás loco? ¿Y dejar a mi familia? ¡Ni hablar!
-¡Eres un estúpido! No puedo creer que pensaras que esa estrategia funcionaria conmigo-Jorge pone una fingida cara de indignación ante estas afirmaciones-Ni siquiera te importa tu mejor, esta niña menos. -Amelia comienza a llorar-Aunque te equivocas gravemente, tienes frente a ti a una mina de dinero. Yo si sabré apreciarla como merece.
-No sé qué pretendes, pero no me iré por las buenas-contesto Jorge con altanería.
-Tampoco lo esperaba, pero ya me estas exasperando
Amelia cada vez lloraba más fuerte y el maestro de ceremonias no paraba de verla, estaba perdiendo la calma por toda la situación.
-Hasta aquí llegaste-dijo Joaquín el maestro de ceremonias al momento que abría la puerta y lanzaba de un empujón a Jorge hacía lo que parecía ser un abismo, se escuchó un gran grito seguido de un golpe y luego silencio absoluto.
-Espero que no resultes ser tan inútil como tu padre-dijo el maestro de ceremonias dirigiéndose a Amelia al tiempo que cerraba la puerta del carruaje.
Amelia no paraba de llorar, realmente le estaba costando mucho respirar, y ni siquiera era capaz de ver directamente a los ojos a Jorge, estaba atemorizada. Ahora sabía que nada la separaba de terminar al fondo de un barranco igual que su padre, que anteriormente había sido muy útil para el circo, pero igual se lo habían pagado con la muerte.
-Si te has vuelto muda no podrás contar lo que voy a hacerte ahora, todo es perfecto.
Amelia estaba en shock, mientras el maestro de ceremonias la despojaba de sus vestiduras y le hacía lo más sucio que ella podría haber imaginado en el mundo, llorando y gritando sin que nadie fuera a su auxilio.
La carroza se detuvo de repente.
-Ya hemos llegado. Ahora vuelve con tu madre-cuando Amelia se disponía a irse, Joaquín la tomo con fuerza por la mejilla-y ni una palabra de esto a nadie.
Ella lo odiaba, odiaba el tacto de sus asquerosos dedos de hijo de puta.
Amelia fue dando trompicones hasta que llego al lugar donde había dejado a su madree, con la esperanza de encontrarla viva y quizás ya durmiendo. Pero no fue así. En la carpa ya no había nadie, ni una nota ni nada. Así que Amelia se fue a revisar los lugares contiguos y a preguntar a todo el que accedía a hablarle a tales horas de la noche, sobre el paradero de su madre. Luego de un rato regreso a la tienda, entendió lo que estaba pasando y tomo una decisión rápida, debía irse antes de que le hicieran más cosas como esa noche, porque ahora no tendría ningún tipo de protección.
Se quedó en pie mirando a todos lados por un segundo, pensando en lo trágico de ese día, se habían llevado a su padre y su madre había decidido huir de ella sin piedad, ni siquiera se había quedado para despedirse su pequeña hija, o explicarle a donde iría; quizás ella “quería acompañarla”.
Noche de tragedia, noche de dolor, una pequeña joya se estaba hundiendo hasta el fondo del rio, dejando de brillar.
La joven Amelia salió de la carpa y corrió hacia el bosque sin detenerse y sabiendo que debía ser suficientemente rápida porque en cuanto se diera cuenta el maestro del circo, no tardaría nada en alcanzarla con un buen caballo, así que debía buscar un escondite en algún lugar recóndito del bosque. Nadie iría a buscarla por razones sentimentales, pero si por necesidad, esa noche el pequeño circo había perdido tres de sus espectáculos más llamativos, o por lo menos dos; Amelia no dudaba que el maestro de circo ya tuviera un reemplazo antes de decidir echar a su padre, pero la chica de la cuerda y la mejor bailarina del circo, eran una historia diferente, eran necesarias.
Entre lágrimas y pensamientos Amelia vio una cueva tras unos árboles y corrió aún más rápido hacía ella, esperanzada.
Un grito se produjo de repente.
La cueva era un acantilado, había caído a un pozo de agua.
Pensar
Pensar
Pensar. ¿Cómo iba a salir de ahí? Si pedía ayuda los primeros en encontrarla serían los del circo. Quizás la rescataran, pero la castigarían. Quizás estarían tan molestos que le lanzarían pirañas a agua o al tigre. Ninguna opción era factible. Flotar eternamente tampoco lo era y vivir en el agua como una sirena mucho menos.
Pues nadar. Solución perfecta, llegaría hasta el final de la laguna extraña en la que se encontraba suspendida, seguramente sería profundo y esa acción solo tendría dos consecuencias aparentes. Habría un túnel por el que salir de la cueva, o se ahogaría en su intento por volver a la superficie y su cuerpo se quedaría descomponiéndose en ese lugar por los siglos de los siglos. Cualquier resultado sería honorable y conveniente, todos la llevarían a una salida del problema, temporal o permanente.
Comenzó a bucear frenéticamente, yendo contra la corriente, luchando con la fuerza de esa masa aguamarina cristalina en la que se encontraba. Era extraño porque el agua parecía ser más transparente al fondo, y no estaba oscuro, Amelia tuvo la certeza de que esa cueva submarina tenía una salida, y la vio, estaba frente a ella una fuerte fuente de luces, se notaba que al otro lado de esa especie de puerta de roca había un nuevo mundo esperándola. Nado más rápidamente y se comenzó a preocuparse más y más, porque sabía que se estaba quedando sin aire, y sin saber la altura que tendría la cueva del otro lado, sería una vergüenza haber sobrevivido para morir a un paso de la libertad.
Salió al otro lado, y no lo podía creer. El agua apenas tenía unos metros de profundidad, y con pocos aleteos de pies pudo salir a la superficie, era una especie de burbuja de aire entre las rocas y el agua tenía un sabor extraño, aún se encontraba dentro de una cueva de rocas, pero estas tenían suficientes irregularidades como para permitirle subir por ellas.
Lo hizo y lo que encontró al salir fue maravilloso, increíble, algo de lo que solo sabía por libros, y que no esperaba ser capaz de ver en su vida: El mar. Amelia estaba viendo la costa, y todo tuvo sentido, había estado en una pequeña desembocadura del mar, quizás el lugar a donde llegaba el agua de algunos ríos subterráneos, y la montaña debía separar el bosque de la hermosa costa.
Perfecto, era un día precioso, el mejor día para empezar a vivir.
Tres días después
Desde que había emergido de la costa Amelia no había hecho más que bañarse en la playa, tomar agua de coco y comer pescado crudo. Que bien le habían hecho los días de caza con su padre, y las horas invertidas en aprender a adiestrar animales, habían vuelto fuerte y valiente, autosuficiente. Pero ya se estaba cansando, y se le estaban acabando los recursos, además de la energía; de por sí sabía que esa no sería una vida sostenible por mucho tiempo más, las condiciones climáticas podrían cambiar en cualquier momento y así como el mar la había llevado a la felicidad, podría tragársela hasta los fondos más oscuros.
El día anterior había descubierto un pueblo cercano a la playa, aunque no había visto a nadie acercase al mar, cosa muy curiosa, estaba empezando a dudar de todo. ¿Realmente quería regresar a una sociedad que la esclavizaría de alguna forma? Aunque fuera un hombre guapo y amable, su papel era ser una esclava de las circunstancias y ella lo sabía.
Pero había algo todavía más aterrador que la separaba del pueblo, había visto unas carpas de circo, al momento se asustó mucho, pero enseguida supo que no era su circo porque tenía colores mucho más vivos y las personas eran completamente diferentes, más guapas, más jóvenes.
Amelia entro a nadar en el mar, y se adentró un poco en el agua, cuando salió vio que estaba bastante lejos de la orilla, y se enorgulleció, anteriormente solo había nadado en lagos y pensó que esto se le sería mal, pero realmente era el mismo proceso, el agua oponía más resistencia a su peso, pero no le impedía avanzar.
Comenzó a escuchar gritos, y un joven la jaló fuera del agua, era fuerte y agraciado, iba nadando con tanta facilidad y agilidad que parecía un pez, un tritón.
Cuando salieron del agua el chico comenzó a gritarle:
-TONTA. ¿¡No sabes que hay formas más fáciles de suicidio!?
-¿De qué hablas? Yo no estaba intentado suicidarme.
-Esta playa está plagada de animales peligrosos, monstruos. Todos los saben.
-Llevo dos días nadando aquí a todas horas sin ningún tipo de problema-Dijo Amelia claramente sorprendida.
El joven estaba atónito luego de estas declaraciones.
-Es porque eres muy valiente-intervino una tercera voz-los animales son inteligentes, prefieren atacar presas fáciles antes que una que batalladora como tú.
-¿Eso es realmente posible?-intervino León.
-Sí, solo tuvo suerte de que no llegara un animal más grande, quizás fuera porque no se acercan tanto a la orilla y están en lo más profundo cazando otras cosas más suculentas.
-Pues gracias-dijo Amelia-de verdad.
-No pasa nada niña, llevo varios días observándote. Me gustaría que vinieras a conversar conmigo.
-¿Quién usted?
-El maestro de ceremonias, el dueño del circo… Gregorio.
Amelia tembló un poco sin saber el por qué. León la observaba con atención. Gregorio sonrió.
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