Camilo, que debía ser el hijo de Encarna.
- 24 feb 2017
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Nacer en un hogar lleno de amor es una bendición. No fue el caso de Camilo, pero al mismo tiempo si lo era. Todo se debía a su procedencia, su padre como le explico su madre desde muy temprana edad, era el vecino, que tenía su propia familia y no podía vivir con ellos, ni siquiera podían pasar mucho tiempo juntos en la calle. Cuando su padre lo visitaba pasaba la mayor parte del tiempo encerado con su madre, según decían “hablando”, pero él sabía que hacían otra cosa, siempre pensó que discutían porque su madre solía gritar mucho, y esta fue la imagen, el recuerdo que le quedó de ellos porque al ser adulto no los recordaba lo suficiente como para saber qué era lo que realmente hacían.
A Camilo lo obligaban a decirle papá a su tío, y como esta, debía obedecer otras muchas normas sin sentido, sentía que le faltaba todo lo que el resto de los niños tenían, pero no era nada que no se pasara saliendo a caminar con su madre, era la mejor sensación del mundo, sobre todo en la primavera cuando no hacía suficiente frio para ser invierno, pero tampoco suficiente calor para ser verano, y el viento golpeaba su piel, pero, aunque era un viento frio, el sol no permitía que lo congelara. Le gustaba imaginarse que ese viento era igual al de la playa, cosa que nunca había visto y llevando una vida tan aburrida tampoco podía esperar ver; indiferentemente de ello, él lo sabía. Camilo sabía que así se sentía el viento del mar, pero con más sal.
Camilo pensaba todos los días en formas para desobedecer las normas y poder hacer el mundo tal y como a él le parecía que debía ser, a su medida. Mas nunca tuvo intención de romper una de las reglas que más lógica le parecía desde todo punto de vista:
-No hables con la vecina, que no se te ocurra siquiera mirarla.
Y aunque en alguna ocasión había tratado de romper las normas, siempre se encontraba con la mirada de una persona mala, una persona que, aunque parecía amable, a él lo miraba con odio sin razón aparente. No habían intercambiado ni palabra alguna durante toda la vida del joven, pero es cierto que no hacía falta, porque los ojos son el reflejo del alma, y a veces una mirada habla más que mil palabras.
Camilo no tenía ni idea de que pasaba con esa señora, pero si sabía a ciencia cierta que no era de su agrado.
Que complicado y que extraño es el mundo para una persona que no parece tener cavidad en él.
DESPERTAR EN UN DÍA GRIS
Era temprano, demasiado temprano para despertar, pero un ruido inesperado despertó a Camilo, alguien entraba a su habitación de forma exageradamente desastrosa, pero con todo oscuro no fue capaz de diferenciar las figuras en la penumbra, solo podía escuchar al fondo los gritos de su madre. Lo siguiente que recuerda es estar en un saco y llorar, lo llevaban de mala gana y el camino parecía ser largo, iba a toda velocidad y empezó a sentir como el viento golpeaba la bolsa en la que iba, todo era terrorífico.
Finalmente se detuvieron y lo dejaron caer, se fue de bruces y rodo hasta chocar con las piernas de un hombre corpulento con grandes botas negras, y cuando alzó la mirada para verlo, se encontró con un frondoso bigote que lo veía fijamente, se le notaban poco los ojos y debajo del gorro se notaba su calva.
-Hola pequeño.
Camilo no contestaba, solo lloriqueaba y gritaba.
-Calla o te voy a cortar la lengua.
Ahora Camilo contenía los sollozos y todo era peor, se estaba ahogando.
-Ahora vas a vivir aquí.
-¿Y mi mamá?
-Luego hablaremos de eso.
-No, no, ¿¡Dónde está mi madre!?-soltaba Camilo entre sollozos.
-Martín treme las tijeras, ahora.
El niño noto al hombre tan hostil y decidido que decidió retirarse metafóricamente, supo que no jugaban y no tenía ninguna intención de perder la lengua o algo parecido.
-No voy a hablar más, lo juro.
-Eso espero, porque ahora comenzara tu entrenamiento, vas a aprender a ser un artista capaz de llenar cualquier carpa.
Cualquier carpa, a que se refería, pensó.
Al ver su cara de extrañeza Gregorio comprendió que no había dado ningún tipo de explicación.
-Bienvenido al gabinete de las artes, he aquí el mejor circo del mundo entero.
¿Circo? Este niño jamás había visto un circo y ahora se suponía que trabajaba en uno, curiosa situación, traumática sin duda.
-Pero yo no sé hacer nada señor-fue la forma de contestar de Camilo, aún intentado salvarse de lo inevitable.
-Si no quieres que te ahogue en algún rio tendrás que aprender-fue la cortante forma de responder de Gregorio.
Se fue, y dos hombres bastante andrajosos se quedaron hablando entre ellos, Camilo supuso que ellos era los que lo habían llevado hasta ese lugar porque n había nadie más en la habitación. Ahora lo llevaron hasta una cama donde paso la noche pensando en una forma de escapar de toda esa situación.
AL DIA SIGUIENTE
Camilo paso todo el día en el inicio del bosque ensayando, viendo si prefería cantar, bailar o hacer magia, incluso tuvo oportunidad de jugar con algunos animales.
-Nada de esto se me da bien, señor.
-Pero lo hará pequeño, se te nota que has nacido para el circo.
-Yo no creo, señor.
-Pues permíteme contarte que si es así-le refuto el maestro del circo-tomate un descanso, ve a conocer al resto de artistas, tendrán que pasar una vida juntos.
A Camilo le dolieron intensamente estas palabras porque sabía que eran ciertas, debía aprender a amar la inmundicia en la que pasaría el resto de su vida.
Se fue a caminar y exploro la carpa, carrozas, no parecía encontrar a nadie, no se dio cuenta de que realmente se estaban escondiendo de él. Al final salió de entre las sombras un joven muy apuesto.
-Si quisiéramos matarte ya lo hubiéramos hecho, pareces ciego, niño.
-¿Qué?
-Estábamos aquí escondidos esperando a ver qué hacías.
-No sé qué hacer, lo siento-se disculpaba el niño de forma torpe.
-Tendrás que acostumbrarte como el resto de nosotros, conoce el espacio y quiérelo, él te lo retribuirá.
-¿El? ¿El señor Gregorio?
-No, el circo.
-¿Cómo el circo?
-Todo tiene una energía, un espíritu que lo define, los lugares, las cosas, las personas e incluso los animales, responden ante lo que tú les des.
-No entiendo nada, señor.
-Ya, yo tampoco lo entiendo mucho-se rio el joven-estoy pasando demasiado tiempo con Fermín y eso me hace daño.
-Sigo sin entender nada.
-Te voy a dar el mejor consejo que podrás recibir en tu vida, niño-ahora el joven se le acerco y parecía muy serio-Tienes talento, a Gregorio le gustas y por alguna razón pidió que te trajeran-el niño seguía sin entender nada-aprovecha cada oportunidad que tengas para brillar, da todo o mejor de ti y jamás te faltara la comida en el plato-la situación se volvía preocupante-si no puedes apártate, es mejor que mueras por mano propia.
-Vale.
-Y último consejo: No te acerques a Gregorio más de lo necesario, sino seré yo quién te de muerte.
El niño no comprendió para nada esta acotación, ¿para que se acercaría a aquel hombre si no era para actuar? La diversión no acababa, en lo que se fue el joven apareció otro hombre desgarbado, lo reconoció porque era el que lo había llevado hasta el circo.
-Nos caes muy bien niño, eres bueno.
-¿Cómo que nos caes, hay alguien más contigo?
-Fermín siempre está conmigo, aunque tú no puedas verlo.
Ahora era incoherente todo, Camilo no tenía ni siquiera intención de comprender la situación, así que se dispuso a seguir caminando; el hombre no se lo evitó, pero fue otra la causa de que se detuviera fue otra. Al otro lado de la carpa estaba una mujer caminando, aparentemente tan despistada como él, o hasta más. Era torpe, pero a diferencia de él que iba solo, a ella la acompañaba Gregorio y desde una esquina los observaba el joven León, parecía ser el punto más atrayente del momento.
El la reconoció enseguida.
Era su vecina.
Pronto lo olvidaría y sentiría por ella lo mismo que su padre real había sentido en algún momento.
Era Encarna.
Y él era el hijo del esposo de Encarna. Gregorio había organizado la inserción de los dos al circo la misma noche.
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